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El dedo en la llaga (Columna Editorial)

Por Damián Sileo Periodista evangélico

Si hay algo que a los seres humanos, en general, nos hace meter la pata seguido es el miedo a lo desconocido. Y aplica también a los evangélicos. Nos ha pasado históricamente con algunas manifestaciones espirituales que, hasta ese momento, no eran comunes. Entonces, cuando sucedía algo fuera de lo normal en alguna congregación, el resto se ponía en carácter de observador incrédulo y antes de disponerse a disfrutar de los nuevos vientos que Dios proponía para su iglesia, ésta se ocupaba más en investigar y poner palos en la rueda que en allanar el camino para que el Señor pudiera manifestarse con frescura sobre su pueblo.

Imaginemos, entonces, que si para algo que trae beneficios espirituales al Cuerpo de Cristo, hay tanto espionaje… ¿qué podría suceder cuando se avecinan vientos recios por parte de sectores que no comulgan con la fe? Lo sospechado: alarmas, temores, prejuicios y, lo peor de todo, conclusiones sacadas por adelantado de algo que todavía no ocurrió.

Eso pasó, precisamente con “El Reino”, la tan comentada serie que la plataforma Netflix lanzó hace unos días y que tanto revuelo causó en el seno evangélico por su clara connotación anticristiana, mostrando una iglesia que no es. ¿Con qué fin? Solo su autora –Claudia Piñeiro- lo sabrá. Mucho se habló de los “por qué” de esta tira, pero todo fue en el terreno de las suposiciones.

Lo cierto es que volvimos a cometer el mismo “pecado”: caer en la inocencia de hablar tanto de algo que supuestamente nos iba a dañar, dándole prensa gratis a aquello que pretendíamos que fuera ignorado. Conclusión: el rating de la serie deberá ser agradecido a los miles de evagélicos que la promocionaron en sus redes sociales. Porque finalmente se trató de un producto que no pasa de mediocre, artísticamente hablando, y cuyo guión dejó bastante que desear por lo predecible y por caer en los errores comunes en los que sucumben quienes quieren desprestigiar la institución cristiana sin haberla estudiado a fondo para sacar conclusiones certeras.

Tal vez hubiese sido más fructífero resaltar en un documental, la labor de la iglesia en pos de la mujer vulnerable, contenida a través de cientos de hogares de madres solteras o de mujeres con embarazos no deseados.

O el trabajo en las villas, cárceles y hospitales, o los innumerables hogares de niños, comedores y merenderos. O la infinidad de entidades pequeñas que en cada rincón del país hacen que la gente pueda estar un poco mejor. En muchos casos, y sin tener por qué hacerlo, la iglesia termina siendo sustituta del Estado, proporcionando a una población en crisis, las soluciones que éste debiera darles. Mostrar algo así podría dar una idea más acabada a la sociedad de lo que verdaderamente es la iglesia.

Para concluir, reflexiono: la iglesia –tanto evangélica como católica- metió el dedo en la llaga a los intereses oscuros de instituciones poderosas que están detrás de ideologías perversas, las cuales intentan destruir la familia. Entonces, ¿podemos escandalizarnos porque ese sector promueve una serie que busca ridiculizarnos? Si es así, no hemos entendido el papel que jugamos como iglesia en esta sociedad vacía de Dios y de valores cristianos. Hay un precio que pagar, y si ese precio es bancarse una serie que nos caricaturiza, créanme, es muy barato.

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